Anneliese


Anneliese

Alemania, 1940.
El aire olía a miedo y a carbón. Las campanas de la guerra resonaban como un corazón herido que se negaba a morir. En medio de ese mundo roto, vivía Anneliese, una joven judía de dieciocho años que había aprendido a respirar en silencio.

Su piel era pálida como la cera de una vela que se apaga, y sus ojos, de un verde esmeralda imposible, guardaban el reflejo de una esperanza que el miedo no lograba extinguir. En su pequeña habitación, las sombras se alargaban con cada toque de queda, y las paredes parecían susurrar los nombres de quienes ya no volverían.

Vivía escondida, temiendo cada ruido de botas, cada puerta que se cerraba demasiado fuerte. Sabía que un solo paso en falso podía costarle la vida o algo peor. En las calles, los carteles con la esvástica eran como heridas abiertas sobre las piedras antiguas. El humo de las chimeneas lejanas teñía el cielo de gris y culpa.

Pero en las noches, cuando el viento se colaba por la ventana, Anneliese soñaba. Imaginaba cómo sería reír sin miedo, correr entre los árboles o enamorarse de un chico que no tuviera que esconder su apellido. Soñaba con una vida que parecía pertenecer a otro mundo.

Una noche, el silencio se volvió insoportable. Salió.
El aire helado le mordió las mejillas y el suelo, cubierto de escarcha, crujía bajo sus pies descalzos. Caminó entre callejones oscuros, oliendo el humo, escuchando el llanto ahogado de una ciudad entera. Cuando veía pasar una patrulla, se escondía tras muros húmedos, con el corazón golpeándole el pecho. Y aun así, cada noche regresaba: era su forma de seguir sintiéndose viva.

Vivía sola, pues había llegado como estudiante de intercambio antes de que el horror comenzara. Su único refugio era un estrecho hueco detrás del clóset, donde cabía encogida, con una manta y un par de libros. A veces se quedaba allí durante horas, escuchando los pasos sobre el piso, temiendo que fueran los últimos.

Una noche, mientras exploraba una calle lateral, escuchó un sollozo. Entre las sombras, un joven de rostro demacrado y ojos tristes trataba de esconderse. Su ropa estaba sucia, y sus manos temblaban.

—¿Quién eres? —susurró Anneliese.
—Günther —respondió él con voz rota.
—Soy Anneliese. No tengas miedo.

Esa frase, tan simple, fue el inicio de algo que ambos necesitaban: compañía en medio del espanto.

Ella lo llevó a su casa, y desde esa noche compartieron el refugio. Entre susurros, se contaban historias de antes de la guerra, de árboles que florecían, de música y pan recién horneado. Él le hablaba de sus padres muertos; ella le hablaba del sonido de las olas del Báltico, que solo conocía por los cuentos de su madre.

Durante meses sobrevivieron con la ayuda de un anciano amable que les traía comida. Fingía ser el arrendatario del apartamento para despistar a los nazis. Pero un día, las botas resonaron en las escaleras.
Los soldados irrumpieron. Gritos. Disparos. Silencio.
El anciano cayó muerto frente a la puerta.

Anneliese y Günther se abrazaron en la oscuridad, temblando. No los habían descubierto, pero el miedo se volvió un animal invisible que ya no los dejó dormir. Sin comida ni dinero, comenzaron a apagarse poco a poco, como velas en una catedral abandonada.

Una noche, Anneliese ya no pudo levantarse. La fiebre la consumía. Sus labios estaban secos, y su voz apenas era un murmullo. Con sus últimas fuerzas, escribió una carta. Las lágrimas mancharon la tinta, pero sus palabras tenían la claridad de un alma que sabe que se despide:


---

12 de mayo de 1942

> Queridos padres:

Si esta carta llega a sus manos, tal vez ya no esté con ustedes, pero quiero que sepan que los llevo conmigo en cada latido.

He sentido tanto miedo, mamá… Papá… hay noches en las que el silencio pesa más que el cuerpo, y los recuerdos son lo único que me alimenta.

Cierro los ojos y veo nuestra casa, la mesa de madera donde jugábamos a adivinar las formas de las nubes, el olor del pan que tú hacías, mamá. A veces creo que aún puedo oír tu voz llamándome desde el jardín.

No sé si volveré a ver el sol sin miedo, pero quiero que, si algún día lo hacen, piensen que también lo estoy viendo con ustedes, desde algún lugar.

No lloren por mí. He aprendido que incluso en la oscuridad, hay amor. Y ese amor es lo único que no pudieron quitarnos.

Gracias por darme la vida, por enseñarme a mirar el mundo con ternura, incluso cuando el mundo se volvió cruel.

Los amo. Siempre los amaré.

Su hija,
Anneliese
  
 ---

A la mañana siguiente, Günther la encontró inmóvil, con la carta aún entre los dedos. Su rostro tenía una paz que la guerra nunca pudo robarle.

Lloró hasta quedarse sin voz. Luego, con el corazón desgarrado pero decidido, salió a cumplir su último deseo. Caminó entre las ruinas hasta encontrar un buzón oxidado. Depositó la carta, y justo en ese instante, un militar nazi lo descubrió.

Lo llevaron al campo de concentración. Sabía lo que le esperaba, pero en su mente sólo repetía el sonido de la risa de Anneliese, esa risa que apenas conoció pero que se quedó grabada en su alma.

Cuando el humo se alzó sobre el campo, el viento pareció llevar un susurro:
"Gracias, Günther.”


Comentarios

Entradas más populares de este blog

LA LLAMADA DE LA HABITACIÓN 313

“El Día en que las Luces Volvieron a Brillar” ✨