EL ESTÓMAGO DE LA CASA

Introducción:
Dicen que hay casas que guardan secretos… y otras que guardan hambre.
Este no es un lugar donde la gente viva: es un sitio donde la tierra mastica lento, donde los muros respiran y el suelo murmura.
Algunos entraron. Nadie salió.
Y los que aún hablan desde dentro, solo piden una cosa:

“Toma mi lugar…”

El Estómago de la Casa

Al final del camino viejo, donde la hierba se pudre antes de crecer, está la casa.
Nadie recuerda haberla construido; simplemente apareció, como si la tierra la hubiera escupido una noche. No tiene ventanas, solo una puerta hinchada de humedad que late con cada ráfaga de viento, como un corazón enfermo.

Los ancianos advierten: “No cruces el umbral”. Pero siempre hay alguien que lo hace.
Yo lo hice.

Adentro, el aire estaba tan denso que al respirar me llenaba la boca de un sabor metálico, como sangre oxidada. La madera del suelo estaba helada bajo mis pasos, y cada crujido no sonaba a madera: sonaba a vértebras partiéndose. El olor era agrio, mezcla de tierra mojada y carne guardada demasiado tiempo.

Me incliné, sosteniendo la vela con manos temblorosas, y escuché.
No eran ratas.
No eran raíces.
Era un murmullo espeso, como si el suelo exhalara. Voces quebradas, cientos de ellas, hombres, mujeres, niños, todos superpuestos, todos repitiendo lo mismo:

“Toma mi lugar… toma mi lugar…”

La vela parpadeó y la puerta desapareció detrás de mí. Solo quedaban paredes húmedas que sudaban un líquido negro.

Entonces la escuché: una risa infantil, clara y húmeda, como si viniera desde dentro de un pozo. Me giré hacia la esquina, pero ya no había esquina: solo oscuridad. De esa oscuridad surgió una silla que se mecía sola. Encima, una figura pequeña. No vi su rostro, pero los dientes brillaban con una sonrisa demasiado ancha.

El suelo se desgarró como piel rota. Bajo las tablas, vi ojos hundidos en barro, bocas abiertas que no pedían ayuda, sino mi lugar. Un frío viscoso me rodeó los tobillos: dedos huesudos, uñas que se clavaban en mi piel, manos heladas que tiraban con desesperación.

La vela cayó.
La oscuridad se volvió sólida.
El aire olía a tierra recién removida.
El frío me mordía los huesos.
Y en medio del silencio, pude sentir cada respiración que no era la mía, rozándome la nuca.

Grité, pero mi voz se ahogó en la negrura. Nadie escucha a los que entran.
La casa no suelta.
La casa mastica.
La casa digiere.


Ahora lo entiendo. Los susurros no eran advertencias: eran ruegos. Voces que no pedían salvarse, sino escapar del hambre infinita.

Si alguna vez entras, y te atreves a poner el oído contra el suelo, escucharás la mía entre ellas:

“Toma mi lugar… toma mi lugar…”

Y mientras lees estas palabras, fíjate bien…
¿Ese crujido bajo tus pies?
Puede que no sea la madera.
Puede que ya estés dentro.
...

"La tierra también sabe tener hambre… y esta casa ya comió demasiado."

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