Entre Pétalos y Susurros
La noche no cayó: se cerró sobre el jardín, como un secreto que nadie quería guardar. El aire olía a tierra húmeda y a promesas antiguas. De esas que no se cumplen, pero tampoco mueren. Ella estaba allí, inmóvil, sosteniendo la rosa entre los dedos. La espina le había abierto la piel, pero no apartó la mano. Algunas heridas merecen quedarse. Desde la casa llegó la voz —apagada, distante— como si atravesara paredes de piedra. —No es suficiente. No hubo reproche. No hubo emoción. Solo ese tono práctico con el que se desechan las cosas que no sirven. La rosa, roja y silenciosa, parecía escuchar. Entonces ocurrió el canto. No fue bello al principio. Fue doloroso, como un suspiro que no sabe si convertirse en llanto. En lo alto del espino, el ruiseñor temblaba. Su pecho latía con una urgencia que no pedía permiso al mundo. Ella alzó la vista. Sintió un presentimiento —oscuro, inevitable— instalarse en el centro del cuerpo. —No lo hagas —murmuró, sin entender por qué su voz sonab...