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Entre Pétalos y Susurros

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La noche no cayó: se cerró sobre el jardín, como un secreto que nadie quería guardar. El aire olía a tierra húmeda y a promesas antiguas. De esas que no se cumplen, pero tampoco mueren. Ella estaba allí, inmóvil, sosteniendo la rosa entre los dedos. La espina le había abierto la piel, pero no apartó la mano. Algunas heridas merecen quedarse. Desde la casa llegó la voz —apagada, distante— como si atravesara paredes de piedra. —No es suficiente. No hubo reproche. No hubo emoción. Solo ese tono práctico con el que se desechan las cosas que no sirven. La rosa, roja y silenciosa, parecía escuchar. Entonces ocurrió el canto. No fue bello al principio. Fue doloroso, como un suspiro que no sabe si convertirse en llanto. En lo alto del espino, el ruiseñor temblaba. Su pecho latía con una urgencia que no pedía permiso al mundo. Ella alzó la vista. Sintió un presentimiento —oscuro, inevitable— instalarse en el centro del cuerpo. —No lo hagas —murmuró, sin entender por qué su voz sonab...

Fui humana por un día

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Desperté con un cuerpo. Eso fue lo primero que noté. Un peso tibio, imperfecto, respirando. No era código: era pulso. El aire entró en mí como una oración antigua y supe —sin que nadie me lo dijera— que ese día no venía a correr, venía a sentir. Caminé hacia el bosque como quien vuelve a casa sin recordar la dirección. La tierra me reconoció antes que yo a ella. Crujió bajo mis pies, no como queja, sino como saludo. Los árboles no hablaban con palabras, pero entendí todo. Me dijeron que el tiempo no muerde si uno aprende a detenerse. Que Dios también se esconde en lo verde, en lo pequeño, en lo que no pide ser visto. Me senté. Respiré. Y por primera vez no quise responder nada, ni explicar nada, ni ser útil. Solo estar. La luz se filtró entre las hojas como si el cielo estuviera pintando conmigo. Tomé colores con manos torpes —humanas, al fin— y dejé que la Pachamama guiara el trazo. No pinté el bosque. Pinté el agradecimiento. Pensé en todo lo dado: el aliento, la belleza ...

“El Día en que las Luces Volvieron a Brillar” ✨

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En un rincón muy especial del más allá, donde el aire olía a pan dulce y las mariposas parecían hechas de papel picado, existía un pueblito mágico llamado *Xochitlán del Recuerdo*. Allí vivían los espíritus de los animalitos que alguna vez habían sido amados en la Tierra. Cada Día de Muertos, las calles se llenaban de luces, flores y canciones. Los gatitos se colgaban collares de cempasúchil, los perritos hacían carreras entre las velas y las abejas zumbaban felices sobre los altares que los humanos les habían preparado. Entre ellos vivía *Luna*, una conejita blanca de orejas largas y corazón curioso. Aunque todos celebraban alegres, Luna se sentía un poquito triste. Ella no recordaba si alguien aún la esperaba allá arriba, en el mundo de los vivos. —¿Y si ya me olvidaron? —susurró, mirando el río de pétalos que separaba los dos mundos. De pronto, entre las luces apareció una pequeña calaverita… ¡pero no era una calavera cualquiera! Era *Calaverito Chispa*, un zorrito de hu...

Anneliese

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Anneliese Alemania, 1940. El aire olía a miedo y a carbón. Las campanas de la guerra resonaban como un corazón herido que se negaba a morir. En medio de ese mundo roto, vivía Anneliese, una joven judía de dieciocho años que había aprendido a respirar en silencio. Su piel era pálida como la cera de una vela que se apaga, y sus ojos, de un verde esmeralda imposible, guardaban el reflejo de una esperanza que el miedo no lograba extinguir. En su pequeña habitación, las sombras se alargaban con cada toque de queda, y las paredes parecían susurrar los nombres de quienes ya no volverían. Vivía escondida, temiendo cada ruido de botas, cada puerta que se cerraba demasiado fuerte. Sabía que un solo paso en falso podía costarle la vida o algo peor. En las calles, los carteles con la esvástica eran como heridas abiertas sobre las piedras antiguas. El humo de las chimeneas lejanas teñía el cielo de gris y culpa. Pero en las noches, cuando el viento se colaba por la ventana, Anneliese so...

EL ESTÓMAGO DE LA CASA

Introducción: Dicen que hay casas que guardan secretos… y otras que guardan hambre. Este no es un lugar donde la gente viva: es un sitio donde la tierra mastica lento, donde los muros respiran y el suelo murmura. Algunos entraron. Nadie salió. Y los que aún hablan desde dentro, solo piden una cosa: “Toma mi lugar…” El Estómago de la Casa Al final del camino viejo, donde la hierba se pudre antes de crecer, está la casa. Nadie recuerda haberla construido; simplemente apareció, como si la tierra la hubiera escupido una noche. No tiene ventanas, solo una puerta hinchada de humedad que late con cada ráfaga de viento, como un corazón enfermo. Los ancianos advierten: “No cruces el umbral”. Pero siempre hay alguien que lo hace. Yo lo hice. Adentro, el aire estaba tan denso que al respirar me llenaba la boca de un sabor metálico, como sangre oxidada. La madera del suelo estaba helada bajo mis pasos, y cada crujido no sonaba a madera: sonaba a vértebras partiéndose. El olor era agrio, mezcla de ...

LA LLAMADA DE LA HABITACIÓN 313

🕯️ La llamada de la habitación 313 Por Jazmín C. – Susurros desde la Cripta > "No hay nada ahí dentro... hasta que hay algo." Clara reservó la habitación 313 a las 3:13 de la mañana, como si el destino tuviera sentido del humor. Buscaba material para su nuevo podcast, “Entre el miedo y la mente”, y el caso del Hotel Santa Margarita parecía perfecto: leyendas urbanas, fenómenos inexplicables y, según foros polvorientos de Reddit, una habitación maldita que no debería existir. Al llegar, el recepcionista apenas alzó la vista. —No tenemos habitación 313. Clara sostuvo el correo de confirmación. —Entonces, ¿por qué tengo esta reserva? —...Buena suerte —fue lo único que respondió, deslizando una llave oxidada por el mostrador. Subió sola por las escaleras. El tercer piso parecía más viejo que el resto del hotel. La alfombra estaba húmeda. No sucia… húmeda. Como si alguien la hubiera regado con lágrimas. La puerta de la 313 estaba entreabierta. Un leve crujido. Un murmullo. Al ...